Nadie es ajeno a la nostalgia, especialmente a eras “doradas” de nuestra vida. La juventud que vivimos, y cómo eso puede definir mucho de lo que experimentamos.
El cine se ha encargado de ser un vehículo de recuerdos. No solo a través del hecho mismo de ver películas hechas en el tiempo pasado, también por la capacidad que tenemos ahora de recordar esos tiempos.
Los 70s son tal vez de las décadas más visitadas. “Licorice Pizza” es de esas piezas fundamentales de la nostalgia setentera, y esta filmografía se suma la curiosa nueva película de Kelly Reichardt: “The Mastermind”.
Este filme se estrenó originalmente en el festival de cine de Cannes este año, dentro de la competencia oficial. Y tuve la gran oportunidad de verlo en el último día del festival de cine de Santiago.
En un rincón de Massachusetts en los 70s, Josh O’Connor interpreta a J.B. Mooney, un desempleado quien maniobra la idea de robar un museo de arte como su primer gran atraco. Cuando las cosas no salgan como él espera, un tornado se arrastrará a su vida.
El humor de Kelly Reichardt
Kelly Reichardt es una directora con una sensibilidad muy particular. Filmes como “Meet’s Cutoff” y “Certain Women”, dos de sus mejores a mi parecer, toman el viejo oeste como locación protagonista, para así contar una historia pausada sobre mujeres contra la sociedad. Y otros filmes como “Wendy y Lucy”, y “Old Joy” son más bien reflexiones modernas sobre el estrés contemporaneo de hacerse cargo de uno mismo.
Lo que puedo decir es que “The Mastermind” es tal vez su filme más entretenido. Si bien la directora se caracteriza por sus dramones, la sensibilidad con que ataca sus protagonistas crea mucho del carisma de sus guión, y en este caso ella va con todo con ese humor sarcástico y nostálgico.
La premisa se gatilla ante la idea de qué tal si no eres tan inteligente como crees. Qué pasa si una persona solo toma malas decisiones y cada cosa que hace lo sumerge más y más en un mismo agujero. Y es gracias a este contraste que tenemos un filme lleno de vida. En donde la dirección, la fotografía y el MONTAJE hacen de esta historia.
Me encantan ciertas escenas que se basan en esta incoherente estupidez. Por ejemplo, una niña viendo como los ladrones meten las obras de arte en bolsa sin el más mínimo cuidado por proteger los artículos o a sí mismos. También esta escena en que Josh O’Connor está guardando las obras y tenemos un plano plano secuencia de él metiendo cuidadosamente cada pieza, para que cerremos con la escalera cayéndose. Son decisiones tan simples que marcan el humor de este filme y lo vuelven algo carismático. Si una cosa no me paso viendo esta película fue haberme aburrido. Todo lo contrario, termina y siento que podría haber visto media hora más.
La estúpida inteligencia
La columna vertebral de este protagonista es la forma en que Kelly Reichardt caracteriza su inteligencia. Este es un tipo quien parece creer que merece más de lo que le tocó, pero que nunca hizo uso de sus habilidades, al menos no de forma relevante.
Entonces cuando decide rearmar su vida a través de este gran atraco, no tenemos un plan meticulosamente planificado; tenemos una idea bruta de qué hacer, qué robar, cómo venderlo, qué hacer después. Las cosas salen un poco distintas a cómo las había pensado y en lugar de reimaginar sus acciones, prosigue torpe.
La efectividad de esta historia llega a través del encanto de Josh O’Connor, quien es el absoluto líder de este filme. Es divertido, antipático, pero querible en su idiotez. Y me encanta como solo cava este agujero más y más. Cómo no parece tener una noción de qué podría remediar sus acciones, solo quiere salir ileso con el mínimo trabajo posible. Incluso ante la opción de tal vez irse a Canadá, no lo piensa un poco por buen idea que sea.
Ahora, esta falta de motivación y simpleza es tanto lo que vuelve a este filme algo satisfactorio, como aquello que lo limita. Porque siendo honesto, Reichardt no crea una obra maestra con este guion. Ella va directo al grano, hace una película sencilla, con temas simples, un conflicto claro. Es una estructura sencilla dispuesta a concluir.
La película no se trata de mucho más que sí misma, y es por esto mismo que me gusto, pero también por lo que no imagino mucha gente destacándola como uno de los mejores filmes del año.
Nostalgia setentera
Como mencioné al inicio, uno de sus elementos más reconocibles es la nostalgia setentera. Ahora, no creo que la directora sienta verdadera nostalgia por esto tiempos, sino que más bien usa el contexto temporal como una forma de establecer situaciones que en la modernidad sería innecesariamente complejas. Como la facilidad con que los personajes hacen una u otra cosa, que en 2025 sería mucho más difícil.
También hay una clara influencia del cine de atraco clásico. Tanto en presentación estética como en la vibras generales. Por ejemplo, la música es este jazz en percusión, en que los tambores y el área rítmica marcan la “tensión” de cada escena.
La paleta de colores amarillecer y estética de filme también acercan esta historia a filmes estilo “Tarde de Perros”. La película no pisa el acelerador con su ritmo, sino más bien usa estas decisiones estéticas para hacer una película que pertenezca a su tiempo mientras siga siendo algo que sólo Kelly Reichardt habría hecho.
Conclusiones
Este no es el tipo de película que les volará la cabeza. Bebe de muchas influencias y se conforma con una aproximación directa y sencilla. Fui a ver este filme con varias personas y algunos de mis amigos la tacharon de directamente “fome”, por lo que puedo imaginar miembros de la audiencia con esa perspectiva.
Pero personalmente, como alguien que ha disfrutado del cine de Kelly Reichardt, creo que esta es lejos su cinta más entretenida. Es divertida, magnética y va directo al grano. Un filme que estoy muy feliz de haber visto en cines.
Es sobre lo que es, y tengo que admirar una película que es tan directa y transparente en sus intenciones. Y por lo mismo, debo recomendarles que le echen un ojo. Sé que sacarán algo que masticar sobre ella.

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