El cine slasher acostumbra a ser un sinfín de secuelas. En décadas pasadas fue común ver franquicias vivir eternamente no es base de una mente creativa, ni siquiera un actor conocido. Esas películas sobrevivían en base a la longevidad de una propiedad intelectual que era tan sencilla como una premisa, un nombre y un rostro. Estudios mantuvieron entregas y entregas con nombres como “Viernes 13” o “Halloween” solo por el lucrativo título de sus películas.
Pero estas últimas décadas han visto extrañas sacudidas al género. Los slashers ya no son lo que eran. Mucho menos sus secuelas. De hecho, el género de horror es de los pocos que pueden mantener una taquilla saludable a punta de obras originales. Y las audiencias están cansadas de películas descerebradas, quieren “horror elevado”, filmes intelectuales que no sean sobre lo que son, sino que sobre algo más, algo… “más profundo”.
Jane Schoenbrun es una directora independiente quien se hizo un nombre con sus excelentes: “Todos Vamos a la Feria del Mundo”, y “Vi el Brillo en el Televisor”. Ambas películas han estado en mis favoritas de sus respectivos años y he desarrollado un tangible gusto por su lente. A este punto, me tendrán sentado en el cine viendo cualquiera sea su siguiente película.
“Adolescencia, Sexo y Muerte en Campamento Miasma” es su nueva película. Tuvo su estreno en la sección de Un Certain Regard en Cannes este año, para ahora llegar a los cines del mundo, y prometer así sacudir el género slasher a través de su fascinante mirada.
En este filme Hannah Einbinder hace de Kris, una prometedora directora a cargo de revivir la franquicia slasher “Camp Miasma”. Sin embargo, cuando esta visita a la estrella de la película original (Gillian Anderson), ambas se ven arrastradas a un mundo sangriento de deseo, miedo y delirio.
Cine y Slasher
El cine slasher siempre ha sido vilipendiado como una de las formas más básicas y superficiales de arte. Incluso en sus momentos “altos” críticos, y incluso público, pensaría de él como nada más que basura desecha, hecha en línea solo para imprimir dinero. Pero es claro que el cine de horror ha tenido una gran influencia en toda una generación de jóvenes sin mucho mejor que hacer.
Muchas de estas películas no “han envejecido bien” cuando describimos sus visiones de género, raza o tolerancia en general. Son productos de su época, y por lo mismo, tenemos textos y textos que intentan evaluar cómo estas películas describen una mirada anticuada que jamás podría hacerse ahora. Lo que “Camp Miasma” no es ni una reflexión de estas políticas, ni un intento por salvarlas, es algo aparte. La tesis esencial es que el cine cobra vidas más allá de las intenciones de un autor, o incluso de su público original. Nadie puede cuestionar si la importancia que un filme ha tenido en tu vida, y así ha sido con cientos de miles de jóvenes. Personas que vieron “Viernes 13” o “Pesadilla en la Calle Elm” en un momento formativo, y les permitió conocerse y descubrirse.
Por lo mismo, admiro cómo esta película no enjuicia nuestra relación con el cine, pero sí habla de ellos con surrealismo. El cine de Jane Schoenbrun ha lidiado constante con cómo nos afecta el arte que consumimos. “Todos Vamos a la Feria del Mundo” era sobre el internet, y “Vi el Brillo en el Televisor” era solo la TV. Y en esta relación, la directora comprende que esta dependencia de la cultura pop a veces habla de una falta de identidad. De como replazamos quienes somos por aquellos que consumismo. Especialmente para la comunidad LGBT. Cuando el mundo es hostil, el cine es tu casa y tu prisión.
De esa forma, me gusta que no hay sátira del género. No estamos aquí para reirnos de lo estúpido que es el cine slasher, es una celebración de esta relación parasocial. En que somos la víctima y el asesino. Atamos nuestra identidad al arte que vemos y eso hace que nos sintamos parte de él.
Hay una gran escena en que tenemos un plano secuencia de “little death” asesinando a unos campistas dentro del contexto de la película. La escena no está rodada como un slasher ochentero. Tanto los movimientos de cámara, encuadres, efectos especiales, e incluso música pop (de Counting Crows) es completamente anacrónica. No intenta ejemplificar cómo son los slashers, sino: cómo se siente ver uno. Esa tensión y diversión que obtenemos de ver slashers. Nadie ve estas películas para asustarse realmente, las vemos para reírnos, para pasar un buen rato. Son como comedias para los fanáticos del horror, pero no irónicas. No nos reímos del género, nos reímos junto a él.
Jane Schoenbrun dirige esto con una surrealista nostalgia. En que las herramientas imitan el cine de horror ochentero y noventero, pero con suficientes diferencias para no ser igual. Los efectos por computadora, las imperfecciones del filme. Es una obra muy consciente de su propiedad estética, montaje y color. La banda sonora de Alex G captura esta tensión sintética. Es como la música de un filme de John Carpenter. Es ágil, incómoda, pero adictiva en sus melodías y ritmos de sintetizador.
Alegorías LGBT
Schoenbrun siempre incluye un componente de género en sus filmes. “Vi el Brillo en el Televisor” era una alegoría sobre la transición de género. En este caso, el filme usa estas expresiones como la contradicción de material que está en batalla contra su audiencia, pero es adorado por ella.
En el contexto del filme “Camp Miasma” es una franquicia que ha envejecido mal, precisamente por su ejemplificación de roles de género. El hecho que la premisa del villano sea literalmente un hombre que se viste de mujer, y viceversa. Es algo problemático, pero que ha sido apropiado por la comunidad LGBT. Gente ha descubierto su identidad a través de estas películas, y la cinta habla de estos elementos como si tuvieran vida propia. Como si no pudieran controlarse. La película no existe porque alguien la creó, siempre estuvo ahí, solo tuvo que ser “descubierta”.
Estos se enlaza con la dos increíbles actuaciones protagónicas. Einbinder y Anderson son increíbles en estos roles. Su química lésbica es para chuparse los dedos. Es tenso, entretenido, e incluso sexy. Schoenbrun conoce los tropos de los slashers y los usa a la defensiva. Una de las escenas más icónicas incluye ambas actrices comiendo KFC y está montado como una porno. El filme se empapa de referencias a dulces. Son una pieza integral de la historia. Y su uso es tan exagerado que se zambulle en el camp. (Está en el título).
Hannah Neinbinder tiene un increíble pulso para la comedia. Incluso cuando el filme no tiene literales chistes. Hay sutilezas en la entrega de diálogo que hace de pequeños momentos cómicos. Y Gillian Anderson, por otro lado, es misteriosa, tensa. Deshace el espacio entre ficción y realidad al recordar roles pasados que la volvieron una ícono, sin por supuesto, ser una autobiografía.
Creo que la sinceridad de este guion es clave porque Jane Schoenbrun escribe desde un lugar semi-autobiográfico. No necesito pruebas para saber que Kris es la presencia de la directora. Mientras la película se torna más surrealista y más loca, los temas de víctima, asesino, de asesinar tu propio ser, de ser perseguido por una identidad paralela, todo roza en contraste a las alegorías LGBT que son tan tangibles en cámara.
Cinefilia
El filme, por supuesto, deconstruye Hollywood y el sinfin de secuelas que devoran la cartelera. Pero amo que en vez de ser una agresiva crítica al cien slasher, es más bien una descontrucción del cinismo moderno en torno a estas películas.
En esta historia, quieren rehacer una cinta problemática y hacerla “progre”, sin captar que los elementos originales de esta franquicia ya la hacían atractiva a un público progresiva. Lo primero que pensé fue en la última “Candyman”. Es general este cinismo de sobre-intelectualizar el cine, como si una aproximación más directa, exagerada y entretenida no fuera en sí misma propia de una comunidad moderna.
Me gusta esto, porque yo soy alguien muy progre, y alguien que adora el cine de horror. Me veo tanto en el cinismo con que muchas veces evaluo el cine, pero también en ese absoluto odio por el “terror elevado”. Por la negación de que el cine exagerado, violento y visceral es menos artístico que un filme sin sustancia con falsas ideas de intelectualismo. Puedo evaluar esto directo contra algo como “Longlegs” y “Backrooms”, dos películas que no me gustaron para nada, pero que por sobre todo, creen que están por encima del género. Un filme violento y exagerado como “El Vengador Tóxico” o “Jennifer’s Body” tienen mucha más sustancia que el horror elevado “ala-A24”.
Ahora, la película también es agresiva contra la obsesiva cinefilia. Hay momento en que están viendo una de las películas de “Camp Miasma” y yo, viendo la película, me dije a mi mismo “oh, esta es una escena con un split-diopter”, y luego Kris dentro de la cinta dice exactamente esto. Me atraparon. Soy tan culpable de ser un cinéfilo insoportable como mucha de la gente que estoy aquí para criticar.
Metatextualidad y Hollywood
En general tengo un fuerte rechazo por las películas que son demasiado meta. No me gusta la idea de que porque dices un tropo en voz alta ahora el tropo puede ser perdonado. Pero creo que la diferencia clave es que “Camp Miasma” no busca burlarse de los tropos, sino que celebrarlos. Y al no ser esta una franquicia real, puede jugar con el concepto como quiero.
Esta película sería imposible de tragar si fuera la secuela de una franquicia que ya existe. Se sentiría como un hipócrita intento por ignorar el elefante en la habitación e intentar esconder una historia original en una saga conocida. Lo que es tristemente común hoy en día. Pero como
Creo que el aspecto más débil es cuando el filme decide ser una crítica al lado ejecutivo de Hollywood. No porque no sea efectivo. Me encanta la escena en que Kris discute su propuesta de película a través de Zoom, pero siento que es un guion que puede pecar de querer abarcar demasiado. Es sobre slashers, sobre identidad de género, sobre tropos, sobre nuestra relación con el cine, y encima de todo esto, sobre el roce mismo de hacer cine en un ambiente de estudio. Puede ser demasiado.
Por lo mismo, no me sorprende que gente tenga una reacción aversa a este guion. Cuando habla de tantas cosas es difícil comprender dónde sí está su corazón, que es lo que realmente piensa la película de todo esto.
Una cosa que me dejó confuso es que hay momentos donde sí creo que el filme se burla de los slashers. De las malas actuaciones, de las secuelas estúpidas. Y para ser una película que pregona tanto sobre reírse en compañía de estas películas en lugar de sobre ellas, tengo que actuar de buena fe y convencerme que Jane escribe esto desde la sinceridad de su amor por el género, no de un gustito de mofarse de él. Pero debo ser honesto, momentos como esos sí me hicieron cuestionar dónde estaba su corazón.
Ahora, quiero hablar sobre el final y dar mism interpretaciones de estos temas. Así que si no han visto esta película la recomiendo mucho pueden saltar a las conclusiones, voy a hablar ahora de SPOILERS.
¿Qué pasa al final? (SPOILERS)
Lo primero es qué pasa LITERALMENTE, en la película. Kris llega al hogar de Billy Presley, actriz protagónica del filme original de “Camp Miasma”. Lo que originalmente iba a ser un cameo en la nueva película, la directora quiere reescribir como un protagónico. En este tiempo aprende de la “mitología” de la película y descubre que los filmes vienen desde el fondo del lago y que ellos determinan qué sucede en cada entrega. Así, el filme que vemos se despliega desde el fondo del lago y obtenemos toda la secuencia final en que “Little Death” aparece, persigue a Kris en un estereotípico final de un slasher. Asesina a todos los personajes de la película que aparecen de la nada en la historia y finalmente ambas son asesinadas mientras hacen el amor en una cama.
Eso es… literalmente lo que pasa. ¿Qué significa? ¿Es todo un sueño? ¿Es una alegoría a los evento “reales” que suceden en el fondo? Creo que la verdad está escondido ahí, pero no creo que sea tan directo como: todo es un sueño y en realidad otra cosa está pasando.
Tal como una obra surrealista ala-David Lynch, no hay que detenernos en qué significa lo que pasa narrativa, sino qué implica temáticamente. El final se despliega como un típico final de slasher. Kris incluso se quita la ropa y corre en slow-motion mientras su cuerpo bañado en sangre corre sexy por el bosque. El asesinato del resto de los personajes creo que es una expresión de quienes “entienden” en esta película. Quienes captan su valor.
El asesino mata a los ejecutivos, a los managers, e incluso a las protagónistas. No obstante, ellas reviven, porque su confort está en morir. Ellas aceptan la muerte de una película como algo adrenalínico “entretenido”, incluso cómico. La señal perfecta es que al final, cuando recitan el diálogo sobre cómo “Little Death” sigue allá afuera, lo hacen con una sonrisa en el rostro. Su identidad está atada al filme, así que están felices de participar de él. Kris al ser una autora obsesionada con el cine de horror, y Billy porque esa película literalmente le dio una vida en la cultura popular.
No es coincidencia que Patrick Fischer, icónico actor en “Mulholland Drive” de David Lynch haga un cameo aquí como el hombre que le advierte a los jóvenes sobre los peligros en Camp Miasma. Tampoco lo es que “pequeña muerte”, el nombre del asesino, sea el nombre que se le da a la sensación post-orgasmo. El filme está empapado en referencias que construyen sobre cómo atamos nuestra identidad y felicidad a cosas que en el texto son horribles. Son historias sobre asesinos seriales, muerte, violencia, incluso transfobia y racismo.
Y nadie más que esta autora/espectador lo entiende. Como dice en el filme, ella es la victima, y también la asesina. Es una directora, pero también una espectadora. Sirve de creador y consumidor. Esta dualidad que permite sentirse uno con el arte y creer que tu relación con este es absolutamente único.

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